LA GRAN NECESIDAD
DE QUE HAYA UN
NUEVO AVIVAMIENTO– Semana 2
Llegar a la cumbre más elevada
de la revelación divina
Versículos relacionados
Romanos 8:14, 16
14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.
16 El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.
Efesios 3:17
17 para que Cristo haga Su hogar en vuestros corazones por medio de la fe, a fin de que, arraigados y cimentados en amor,
Juan 1:12
12 Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en Su nombre, les dio autoridad de ser hechos hijos de Dios;
Cantares 1:1
1 El Cantar de los Cantares, el cual es de Salomón.
Cantares 6:13
13 Vuelve, vuelve, oh Sulamita; / vuelve, vuelve, para que te contemplemos. / ¿Por qué habéis de contemplar a la Sulamita, / como a la danza de dos campamentos?
2 Samuel 7:12-14
12 Y cuando tus días sean cumplidos y duermas con tus padres, Yo te levantaré descendencia después de ti, que procederá de tu cuerpo, y estableceré su reino.
13 Él edificará casa a Mi nombre, y Yo afirmaré para siempre el trono de su reino.
14 Yo seré su Padre, y él será Mi hijo. Si comete iniquidad, Yo le disciplinaré con vara de hombres y con azotes de hijos de hombres;
Lectura relacionada
Los Dios-hombres tienen el derecho divino a ser la especie divina: la especie de Dios (Jn. 1:12; Ro. 8:14, 16). Fuimos regenerados para ser la especie divina. Como hijos de Dios, somos la especie divina, la especie de Dios.
Recibimos al Señor Jesús al creer en Él, y Dios nos dio la autoridad, el derecho, de ser hijos de Dios [Jn. 1:12]. “El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro. 8:16). Tal testimonio atestigua y nos da la certeza de que somos hijos de Dios, quienes poseemos Su vida. Es necesario que comprendamos esto y lo recordemos. Dondequiera que estemos, debemos recordar que somos Dios-hombres con el derecho divino a participar en la divinidad de Dios. (Encarnación, inclusión e intensificación, 2.a ed., pág. 44)
Si leemos la Biblia sin tomar en cuenta este punto crucial, entonces, en un sentido muy real, la Biblia es para nosotros un libro vacío. Esto significa que, aunque la Biblia en sí es real, en cuanto a nuestro entendimiento de ella, la Biblia carece de contenido. Por ejemplo, supongamos que dentro de una caja muy atractiva se halla un diamante grande. Tal vez un niño se interese en la caja, pero no en el diamante. Sin embargo, una persona adulta le daría más importancia al diamante que está en la caja. Hoy muchos cristianos tienen la Biblia como si fuera “la caja”, pero no ven ni aprecian el “diamante”, lo cual es el contenido de la caja; y quizás hasta condenan a los que sí valoran el “diamante” contenido en la “caja”. El “diamante” contenido en la “caja” de la Biblia es la revelación de que Dios en Cristo se hizo hombre para que el hombre llegue a ser Dios en vida y naturaleza, mas no en la Deidad.
Necesitamos que Dios mismo, en Cristo, se edifique en nuestra humanidad. Esto significa que necesitamos que Dios mismo, en Cristo, se forje en nosotros como nuestra vida, nuestra naturaleza y nuestra constitución. Esto resulta en que seamos personas no sólo conforme al corazón de Dios, sino que seamos Dios en vida y naturaleza, mas no en la Deidad.
Para lograr esto, Dios en Cristo se hizo hombre, y como tal, pasó por ciertos procesos que hicieron que este hombre pudiera ser designado divino. En resurrección, Él fue designado Hijo primogénito de Dios. En la resurrección y mediante la misma, Cristo, el Hijo primogénito de Dios, llegó a ser el Espíritu vivificante, quien ahora entra en nosotros y se imparte como vida en nuestro ser para ser nuestra constitución interna, para hacernos Dios-hombres semejantes a Él. Él era Dios que se hizo hombre, y nosotros somos hombres que llegan a ser Dios en vida y naturaleza, mas no en la Deidad.
Efesios 3:17 nos dice que Cristo está ahora en nosotros efectuando la obra de edificarse en nuestro ser a fin de producir [una] morada mutua … Cristo opera en nosotros para edificar la morada de Dios al edificarse Él mismo en nuestro ser.
Esta morada mutua también se revela en Juan 14:23: “El que me ama … Mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él”. En esta morada no sólo habitará el Dios Triuno, sino también nosotros. Lo que Dios edifica en nosotros constituye tanto la morada de Dios como también nuestra morada.
Dios obtiene Su morada no por lo que nosotros hacemos o por nuestra obra, sino porque Él la edifica. Cristo edifica la iglesia (Mt. 16:18) al entrar en nuestro espíritu y extenderse de allí a nuestra mente, parte emotiva y voluntad, hasta ocupar nuestra alma completamente. Entonces la iglesia se convierte tanto en la morada de Dios como en la nuestra.
No hay necesidad de que edifiquemos algo para Dios; más bien, es necesario que Dios en Cristo se edifique dentro de nosotros como nuestra vida, naturaleza y esencia. Finalmente, el Dios Triuno llegará a ser nuestra constitución intrínseca; estaremos constituidos del Dios Triuno … La Nueva Jerusalén es la consumación de esta morada mutua, y todos estaremos allí. (Estudio-vida de 1 y 2 Samuel, págs. 206, 170-171)
Lectura adicional: Estudio-vida de 1 y 2 Samuel, mensajes 25, 31; Llevar una vida conforme a la cumbre de la revelación de Dios, cap. 4